jueves, 22 de enero de 2009

Cuento enc@ntado: El Bello Durmiente

Hace años empecé a contar cuentos, antes de dormir, a dos hermanas a las que cuidaba.
En mi búsqueda de nuevas formas de comunicación con ellas, me di cuenta del poder que tienen los cuentos de hadas.
Y, a lo largo de muchas noches de recordar y contar, encontré que los cuentos tradicionales me dejaban un sentimiento amargo de mensajes anticuados, en los que la mujer es la princesa que necesita ser salvada, y los amores verdaderos sólo tienen una combinación posible.
Decidí rebelarme contra ello. Y empecé a inventar para ellas mis propios cuentos de hadas. Les dedico a Saray y a Cinta estos cuentitos por la diversidad, que nacieron al borde de sus camas.


El Bello Durmiente

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo… Un rey y una reina que vivían en una tierra alejada, en mitad de los reinos de los cuentos. Era, como todos los reinos de los cuentos, una tierra próspera y fértil; en la que reinaba la paz y los súbditos querían a sus soberanos. Pero he aquí que los Reyes de este reino eran inmensamente desgraciados, ya que por mucho que lo deseaban, no conseguían tener hijos.

Una noche, la joven reina, harta de los sabios y hechiceros que se paseaban día y noche por sus aposentos intentando curar de su mal al matrimonio, decidió actuar por su cuenta. Y recordando una historia que la anciana reina, su abuela, le contaba siendo ella una niña… La joven Reina cogió uno de los caballos del establo y sin decir una palabra a nadie, partió al galope sigiloso hacia el profundo bosque.

Más allá de las murallas del reino, el bosque milenario albergaba en su interior secretos tan bien guardados que ni en los cuentos más antiguos aparecían las historias. Pero la abuela de la joven reina tenía el poder de hablar con las hadas, y éstas le habían revelado la existencia de una anciana bruja, más sabia que todas ellas, que habitaba desde tiempos inmemoriales en la profundidad del bosque. La joven Reina, desafiando todas las leyes y las buenas costumbres del reino, que jamás tomaba en cuenta las historias de hadas, recordó las palabras de la abuela, y tomó el camino que se adentraba en el bosque hasta dar con la cabaña donde vivía la anciana bruja. Allí, la vieja hechicera entregó a la reina un brebaje dentro de una pequeña botella de cristal, que contenía el remedio para el mal que no le permitía concebir hijos…

Pero antes de marcharse, la bruja hizo prometer a la reina que a cambio de su ayuda, ésta debería invitarla a palacio en la ceremonia del bautizo de su primer hijo varón. Y la joven reina, apretando fuertemente contra su pecho el pequeño bote de cristal, aceptó encantada ese pequeño precio a cambio de la felicidad del matrimonio real y del reino entero.

Así fue como, transcurridas las estaciones de todo un año, y después de tomar el brebaje de la anciana hechicera, la joven reina dio a luz a una preciosa niña. La Princesa Alegría fue recibida con un gran júbilo por todos los súbditos del reino, y ante todos, por el joven rey; que nunca sospechó nada de la visita furtiva de su esposa a la cabaña del bosque, donde habitaba la hechicera…

La Reina sí recordó a la hechicera y su trato con ella, pero dedujo que no hacía falta invitarla a la fiesta, ya que había dado a luz a una niña y no a un hijo varón, como había dicho la bruja en su trato. Y la Reina suspiró tranquila.


Pasaron plácidamente los días en el reino, y con ellos las semanas y los meses, y así transcurrieron dos años enteros. Los reyes estaban volcados en su pequeña Princesa Alegría, que llenaba el palacio con sus risas y el reino con la esperanza de una heredera… Y la dicha que sentían se hizo doble cuando la reina anunció feliz la noticia de que estaba esperando otro hijo,
cuando terminaba ya el segundo año.

Y en mitad del verano, con la siembra de los campos y las frutas de los árboles, nació el pequeño Álvaro, el segundo hijo de los Reyes y nueva alegría del reino. Pero esta vez, algo nubló la alegría del nacimiento. Porque resultó que había pasado tanto tiempo desde que hiciera su promesa a la hechicera, que la reina olvidó el compromiso… Y sólo cuando ya era demasiado tarde, una vez terminada la ceremonia del bautizo del Príncipe, y la Reina sintió un soplo de aire helado tras las cortinas de la habitación real, recordó la humedad del bosque y los árboles milenarios, y la voz de la anciana bruja y la promesa rota… Pero para entonces, la hechicera ya había tomado la decisión de castigar a la reina por su falta de consideración.

Esa noche, mientras arrullaba al pequeño Álvaro recién nacido y velaba el sueño de la princesa Alegría, la reina recibió la visita de la bruja a través del aire de la madrugada. Y la bruja le habló así a la reina, para luego desaparecer para siempre de su vida:

- Como castigo a tu olvido, mi Reina, el Príncipe perderá la capacidad que yo te otorgué aquella noche. En la pequeña botella no había otra cosa que amor verdadero, sin el cual es imposible crear vida en este reino de cuento. Al cumplir diecisiete años, el príncipe Álvaro caerá en un profundo sueño, del que no despertará jamás. Así, él se verá privado de conocer el verdadero amor, pagando de este modo tu descuido, que no supiste ver la importancia del mismo una vez lo obtuviste de mi sabiduría…

Y la reina quedó sumida en una profunda tristeza, llena de culpa, que le impidió revelar a nadie el terrible secreto del nacimiento de los dos pequeños príncipes y la maldición que pesaba sobre su segundo hijo.





Las estaciones se sucedieron de nuevo, y la rueda de la vida siguió girando a través de ellas, y los príncipes Álvaro y Alegría se convirtieron en dos hermosos jóvenes, sabios y bondadosos como sus padres. Pasaron diecisiete años desde nacimiento del Príncipe, en los que la paz del reino y la abundancia con que las tierras daban sus frutos contrastaban con la profunda inquietud de la Reina, que aumentaba a medida que se acercaba la temida fecha maldecida por la vieja hechicera.

La mañana del decimoséptimo cumpleaños del príncipe Álvaro, Alegría se despertó temprano, y recorrió de puntillas los pasillos del palacio aún en penumbra, llevando con ella el regalo para su hermano. Entró en la alcoba del Príncipe, pero no lo encontró en su cama. Alarmada, la Princesa salió al jardín desde el balcón, y bellamente iluminado con las primeras luces del alba, encontró a su hermano tendido entre la hierba y los sauces. Estaba profundamente dormido.

Y continuó dormido cuando los Reyes acudieron a buscarlo, y al trasladarlo de nuevo al interior del palacio, y al recostarlo entre almohadones bordados en hilos de oro y seda; y también cuando los sabios, que antaño habían hecho lo posible por sanar a los reyes de su esterilidad, aplicaron toda serie de remedios y conjuros para intentar despertar al heredero del trono. Pero sus párpados siguieron suavemente cerrados, también cuando las lágrimas de la princesa Alegría cayeron sobre sus mejillas y rodaron hasta mojar la almohada.

De todos los lugares acudieron doctores y hechiceros, sabios y alquimistas, y ninguno fue capaz de dar con el extraño mal que mantenía al príncipe Álvaro sumido en un profundo sueño. Sólo la Reina conocía la causa, pero la gran tristeza que se había apoderado de su corazón, junto al sentimiento de culpa feroz, le impedían revelar el secreto, guardado ya por demasiado tiempo. Y ella también se fue apagando poco a poco, consumida por la pena y los remordimientos, cayendo lentamente, sin que nadie lo notase, en un estado de sopor muy parecido al del joven Príncipe dormido.

Una de tantas noches en las que la princesa vagaba por el jardín, paseando su tristeza entre los árboles, creyó ver un reflejo de luz tras los sauces en penumbra. Alegría se acercó temerosa, pues en nada ya parecía poder confiar, y abrió los ojos llenos de asombro ante lo que encontró tras los árboles. Era, nada más y nada menos, un hada. Un hada, diminuta y frágil, que bailaba bajo el hechizo de la luna de verano. ¡Y ella podía verla! Así fue cómo Alegría tuvo conciencia de la herencia transmitida por su abuela, la anciana reina que tantos, tantos años atrás, había contado a su hija, la madre de Alegría, las historias que le relataban las hadas…

Alegría hizo amistad con los pequeños seres, a espaldas del resto de los habitantes de palacio, que como ella bien sabía, desdeñaban todo lo que tuviera que ver con los seres mágicos y maravillosos. No tardó en confiar a las hadas del jardín la triste historia de su hermano, el Príncipe Álvaro, dormido sin remedio y sin que nadie fuera capaz de averiguar la causa. Pero nada podían solucionar las pequeñas hadas. Ellas todo lo veían, pero nada más podían hacer…

Sin embargo, cuando fue la Reina la que al fin cayó gravemente enferma, a causa de la profunda tristeza que la ahogaba como un mar sin olas, Alegría abandonó sus paseos nocturnos y sus conversaciones con las hadas para dedicarse solamente a velar el sueño de su madre. Y fue así como, en una de esas noches en vela, la Princesa pudo al fin averiguar la causa de los males de su hermano. Porque esa noche, en mitad de los delirios de la fiebre, de los labios de la reina salieron en susurros las historias contadas por su anciana abuela, y la existencia de la cabaña de la hechicera en mitad del bosque, y el trato, el secreto del nacimiento de los príncipes, y, al fin, el olvido y la terrible venganza, que se había llevado a cabo.

Alegría no perdió el tiempo. Atravesó veloz los pasillos oscuros del palacio, y bajó hasta su lugar secreto tras los sauces en el jardín, llamando a las hadas en el idioma de los sueños. Y ellas acudieron a su llamada, y felices por poder al fin ayudar a su amiga, le indicaron con todo detalle el camino hasta la cabaña escondida en la profundidad del bosque milenario.




La noche siguiente, una figura encapuchada bajó hasta los establos y tomó al caballo más veloz de todos. Y en un galope silencioso, abandonó el palacio a escondidas, como tantos años atrás hiciera la Reina, siguiéndole los pasos ya olvidados por el camino del bosque, hasta llegar a las puertas de la cabaña de la hechicera. Los árboles crujían con los secretos de la sabiduría eterna prendidos de sus ramas. Pero Alegría no tenía miedo. Sabía hablar el idioma de las hadas, y ellas eran aún más ancianas que los árboles, que la bruja, que el propio bosque. Y en sus ojos brillaba la luz centellante de la determinación, alimentada por el profundo amor que le tenía a su hermano.

Así lo vio brillar la bruja, al ver el fuego de la Princesa en el umbral de su puerta, como había visto el de su madre, diecinueve años atrás, en ese mismo lugar. Y la hechicera, entonces, decidió aplacar su resentimiento con la Reina; de alguna manera rebajar el hechizo… Y decidió ayudarla.

- Siete días y siete noches deberás cabalgar sin descanso- Le dijo la bruja a la Princesa -, sólo así lograrás llegar a tiempo hasta el lago, en mitad del cual se alza el Palacio de Cristal. En el amanecer del octavo día, los primeros rayos de sol sobre la superficie del lago te mostrarán el camino que deberás recorrer con tu montura hasta llegar a las puertas del palacio. En él vive el verdadero amor de tu hermano, Princesa. Y cuando lo encuentres, deberás llevarlo hasta el príncipe dormido, y besará al Príncipe en los labios. Entonces, y sólo entonces, con un beso de amor verdadero, logrará despertar el Bello Durmiente del profundo sueño que ahora le envuelve.

De este modo, una vez más, la princesa Alegría se armó de coraje, y volando en el viento a lomos del caballo blanco, recorrió las tierras que se alejaban de las fronteras del reino de sus padres, siempre hacia el sol poniente, en la dirección que la vieja hechicera le había indicado. El amanecer del octavo día iluminó los alborotados cabellos de la princesa al mismo tiempo que las aguas del inmenso lago, cubierto aún por la niebla de la madrugada. Y pudo ver claramente, durante una fracción de segundo, el camino que llegaba hasta las puertas del Palacio de Cristal, que se alzaba imponente en el mismo centro de las aguas.




Cuando aquella misma mañana la Princesa Elena abrió su ventana para dejar entrar el aire fresco de la mañana, fue la figura de un caballo y su jinete lo que vio aparecer sobre las aguas y el camino oculto. Y bajó velozmente las escaleras que conducían a la entrada, justo a tiempo para ver desvanecerse a la bella amazona en mitad del patio, vencida al fin por la fatiga y el alivio de haber alcanzado su meta.

La princesa Alegría, una vez repuesta de la fatiga del viaje a través de las montañas, explicó a los soberanos de Lago toda su historia. Y aunque vio brillar de emoción los ojos de la princesa Elena cuando contó la única manera de rescatar al Bello Durmiente de su sueño, el Rey del Lago no pronunció palabra hasta que la princesa forastera hubo terminado su relato. Y las palabras graves que el rey dijo luego sumieron a la princesa Alegría en la tristeza:

- Lamentamos mucho vuestra desgracia, Princesa- Comenzó a decir el Rey – Pero, lamentablemente, no puedo permitir que mi hija realice contigo este viaje, no exento de peligros. Estamos en guerra con el país vecino, al norte de mis fronteras, y todos mis guardias y soldados están en estos momentos en el frente, dejándome en el palacio con los efectivos justos para salvaguardar mi castillo y mi familia Real. Y sin una escolta adecuada, me niego en rotundo a que mi única hija recorra el reino entero persiguiendo un cuento de hadas.

Alegría se giró entonces hacia la Reina, pero ésta acabó con las últimas esperanzas de la princesa con una sola mirada. Alegría había visto pocas, muy pocas veces esa mirada en los ojos de las mujeres de su reino, pero sabía bien lo que significaba: “Él ha dicho la última palabra”. Una voz tímida hizo, sin embargo, el intento:

- Pero, Padre…

- No hay más que hablar, y lo sabes, Elena.

Y se hizo un silencio en la sala del trono del Palacio de Cristal. Entonces, suavemente, la Princesa Alegría dejo caer las lágrimas calientes que había estado guardando desde la noche en que habló por última vez con las hadas, sintiéndolas rodar por sus mejillas hasta caer en el mármol, frío como los ojos del Rey. Pero no llegó a caer la segunda lágrima en el suelo, cuando una nueva voz llegó a través de la puerta abierta de salón real.

- Yo iré con ellas, Padre.

Y fue así como Alegría vio por primera vez al Príncipe Amadeo, el primogénito del Rey y el heredero del Reino del Lago.

- ¡Mi hermano nos escoltará, Padre! – Y los ojos de la princesa Elena le imploraron al Rey, y los de su primogénito lo desafiaron con determinación. Ya no había excusa posible. La princesa Alegría guiaría a la salvadora de su hermano dormido, y contarían con la protección y la compañía del príncipe Amadeo…

Y de este modo, a la mañana siguiente, los tres príncipes partieron del Palacio de Cristal, atravesando las aguas plateadas del Lago en el camino oculto.




Durante los siguientes diez días desandaron el camino abierto por Alegría entre los dos reinos, hasta llegar al fin al lindero del bosque donde habitaba la hechicera. Los tres príncipes se internaron en la espesura, conteniendo el aliento, y avanzando despacio entre los árboles.

-El palacio de mis padres está justo detrás del bosque, amigos míos. Nada hemos de temer en cuanto lo atravesemos…- Murmuró la princesa Alegría a los sobrecogidos príncipes vecinos, que notaban el poder de la magia colgando de las ramas con más presencia que las mismas hojas, entradas ya en el otoño, que caían sobre ellos, formando una alfombra roja bajo los cascos de sus monturas.

Fue quizás el resplandor de las hadas lo que les guió a través de los árboles poderosos, y resultó así que los príncipes consiguieron llegar al otro lado del bosque y divisaron las altas torres del palacio del Bello Durmiente. Y en este punto, la princesa Alegría casi cae de su caballo en un desmayo de sorpresa.

-¡Oh, no…! – Exclamó Alegría, ahogando un sollozo. Desde cada una de las altas torres del palacio, un negro estandarte les saludaba, agitando al viento noticias de mal presagio. En cada casa que podían divisar desde lo alto de la colina, ondeaban banderas negras de luto. Los Príncipes palidecieron, al comprender que quizás ya era demasiado tarde… Que quizás la Reina había dejado de luchar en su enfermedad, o quizás peor aún, que el Bello Durmiente había sucumbido a su sueño profundo... Amadeo se irguió en su montura, y sonrió a las Princesas, manteniendo un hilo de esperanza:

- Apresurémonos, ahora que ya estamos tan cerca de nuestro objetivo… ¡Quizás aún estemos a tiempo…!- Y tomó con cada mano a cada una de las Princesas, animándolas con su calor a bajar la última colina.

De este modo entraron en la ciudad los príncipes, apresurando el galopar de los caballos, creyendo que una fatal noticia les aguardaba en el interior de las murallas… El reino de Alegría y Álvaro les esperaba envuelto en luto; y las gentes silenciosas y cabizbajas abrieron los ojos asombrados al ver entrar las tres monturas majestuosas, portando a dos príncipes desconocidos… ¡Y a la Princesa Alegría!

- ¡Mirad! ¡Es la Princesa! – Fue primero un murmullo de asombro, que se convirtió en exclamaciones de júbilo, recorriendo como el viento las calles y las casas del reino, hasta la misma puerta del Palacio… ¡La Princesa había vuelto! Entonces, los Príncipes comprendieron: El luto no se debía al Príncipe Álvaro, ni a la Reina; era a la Princesa Alegría a la que se lloraba, una vez descubierta su desaparición, creyéndola perdida para siempre.

Y sería difícil aventurar de quién fue la alegría más grande, si la de la Princesa por descubrir que no era tarde, que había llegado a tiempo; o la del Rey cuando vio reaparecer a su amada hija que creía perdida.

Los Príncipes fueron recibidos en Palacio con el más caluroso abrazo, y más aún al enterarse todos del motivo por el que Alegría había ido a buscarles. La Princesa Elena salvaría al Bello Durmiente de su maleficio, traída desde los confines del mundo conocido por la valiente Princesa Alegría… Que se había cuidado bien de guardar para ella y su madre los detalles de las hadas, la magia y la hechicera en lo profundo del bosque.

Fue tan solo la Reina, aún derrotada por la enfermedad en su cama real, no participó en la alegría de la bienvenida. Pero ahora Alegría estaba segura de que su madre sanaría en cuanto Elena besara al Príncipe… El Rey miraba a su hija con admiración y orgullo, cuando mandó preparar todo lo necesario para llevar a cabo la disolución del conjuro esa misma noche.




El Reino entero callaba solemne, aguardando el milagro, mientras el Sol dorado se ocultaba tras el horizonte. En el interior del palacio, la luz mágica de las velas encendidas iluminaba los pasillos por los que se dirigían el Rey, los Sabios y hechiceros de Palacio, y los Príncipes, hacia la habitación del Bello Durmiente… Cada paje, noble, dama de la corte y mozo de cuadra contenía el aliento al ver pasar a los tres Príncipes. Ataviados con las mejores galas, los tres parecían brillar de emoción, sabiendo que iban a deshacer el conjuro, que salvarían al Príncipe con un beso…

Todos admiraban la belleza de la Princesa Elena, con el cabello lleno de flores blancas que relucían con una mágica luz. Tras ella, la Princesa Alegría sonreía por dentro, sabiendo que efectivamente, la luz de las flores provenía nada menos que de sus amigas mágicas, un regalo de las hadas para la salvadora del Reino. Llegaron de este modo a los aposentos del Príncipe Álvaro.

Todos contuvieron la respiración cuando la Princesa Elena se arrodilló a su lado, admirando la belleza del Príncipe dormido, los cabellos dorados esparcidos en la almohada. Elena se inclinó entonces sobre él, y suavemente, depositó el beso mágico sobre los labios del Bello Durmiente.

Los segundos se hicieron eternos. Terminó el beso. ..

… Y no sucedió nada.

La Princesa Elena se levantó despacio, con los ojos llenos de lágrimas, y las flores de su pelo parecieron apagarse levemente, cuando todos los presentes aceptaron desolados que por alguna razón desconocida, el conjuro no había dado resultado.

- Lo sentimos mucho, Majestad… - La voz del Príncipe Amadeo sonó triste y abatida en el silencio de la habitación.

- …Habéis hecho todo lo posible, hijos míos.- Dijo entonces el Rey, mirando agradecido aunque apesadumbrado a los tres Príncipes. - Mañana mismo lo dispondremos todo para vuestro regreso al Reino del Lago.

Alegría y Elena se miraron, y salieron abrazadas de la habitación del Príncipe… Los Sabios tomaron al Rey de la mano y juntos dejaron atrás al Príncipe aun dormido. Nadie se fijó en los ojos del Príncipe Amadeo, que rebosaban de lágrimas al mirar por última vez la habitación del Bello Durmiente y la puerta cerrada.

Aquella noche, nadie pudo conciliar el sueño en Palacio. Un velo de tristeza caía sobre cada casa, sobre el Palacio entero, envolviéndolo todo de melancolía y desesperanza… Si el beso prometido no había dado resultado, ¿cómo lograrían despertar al Príncipe dormido…? Las hadas no tenían tampoco respuesta para Alegría, y aunque fueron veloces a pedir explicación y ayuda a la hechicera en el bosque, ninguna de las pequeñas amigas mágicas de la Princesa fue capaz de encontrarla por ninguna parte. La bruja se había esfumado, y con ella, todo la esperanza de deshacer el hechizo…

Pero cuando las hadas se retiraron del bosque en mitad de la noche, dándose por vencidas en la búsqueda de la bruja, algo brilló en la espesura, entre las copas de los árboles. No pudieron ver cómo el conjuro de la anciana hechicera, más sabia y poderosa de lo que nadie la había creído jamás, se extendía desde el corazón del profundo bosque hasta el cielo del reino… Y tampoco pudieron ver, agotadas como estaban, cómo el conjuro de la bruja despertaba al invierno en las altas cumbres de la montaña cercana.

Fue la Princesa Alegría la primera en levantarse en la mañana, y la primera que ahogó una exclamación de sorpresa al abrir la ventana y mirar hacia fuera. El reino entero amanecía cubierto de nieve. El sol del amanecer iluminaba el hielo y la nieve blanquísima cubriendo cada rincón del reino, desde las puertas de Palacio hasta el lindero del bosque, adentrándose en cada camino… Y haciendo imposible la vuelta a casa de los Príncipes Elena y Amadeo hasta el Reino del Lago.

La Princesa Elena miró triste el cielo nublado, preñado de nieve, mientras la paloma mensajera que habían enviado a su padre volaba veloz en la distancia, camino del Reino del Lago. Tampoco esta vez se fijó en la sonrisa de su hermano, de pie junto a ella en el balcón del Palacio. Pero al Príncipe Amadeo le brillaban los ojos de felicidad cuando la paloma, llevando la noticia de su estancia hasta la primavera en el Palacio del Bello Durmiente, se perdió en el horizonte.




El invierno avanzó despacio y gris, como el ánimo del Reino entero. Aunque desolados y entristecidos, la Princesa Alegría y el Rey acogieron cortésmente a los Príncipes vecinos, y Alegría agradecía la compañía de los que se habían convertido en sus mejores amigos. Los llevó a pasear a los jardines, recordando con tristeza cómo su hermano y ella pasaban horas jugando en ellos; fueron de caza y patinaron en el hielo del lago que tanto recordó a los Príncipes su hogar, lejos al Oeste…

Cada noche, Alegría se sentaba junto al lecho de su madre, aún enferma de tristeza, y le hablaba dulcemente; aunque a medida que pasaban los días, iba perdiendo la esperanza de verla recuperada… Sin el Príncipe Álvaro fuera del hechizo, Alegría sabía que la Reina jamás podría sanarse. Pero, ¿qué más podía hacer ella para ayudarlo? Había cabalgado hasta los confines del mundo conocido en busca del amor verdadero de su hermano, y cuando al fin lo había conseguido…Resultó que la vieja hechicera la había engañado. Así se lamentaba también la Princesa a sus amigas secretas, las hadas, que bailaban cada medianoche entre los sauces del jardín, una danza cada vez más triste…

Transcurrieron, en calma, los días del frío invierno adelantado. Y nadie, ni la Reina en sus aposentos, ni la Princesa Elena que aguardaba volver a casa, ni el Rey velando el sueño de su esposa, ni Alegría en sus escapadas nocturnas al lugar secreto entre los sauces; ni siquiera las hadas, a pesar de bailar cada noche bajo la luna plateada… Nadie se percataba nunca de la sombra que cada noche recorría de puntillas el Palacio, sin hacer ningún sonido, recorriendo los pasillos con pasos ligeros y furtivos…

Pasaron sin cambios los días, las semanas y los meses… Y al fin, en otra mañana mágica, llegó al reino del Bello Durmiente la tímida primavera. Y con las primeras gotas del deshielo, los Príncipes del Reino del Lago comenzaron a preparar su viaje de regreso.

El Rey les cargó de regalos, encariñado con ellos como si de otros hijos se trataran, y la Princesa Alegría no pudo reprimir las lágrimas cuando se dieron las buenas noches por última vez, la víspera de su viaje de vuelta a casa, al retirarse cada uno a sus aposentos.

- Todos a dormir, ahora - dijo el Rey, sin poder evitar una sombra de tristeza cruzando su mirada… El sueño del Príncipe Álvaro hacía que “dormir” fuera una dolorosa palabra. – Mañana debéis estar descansados para el largo viaje que os espera.
Y dicho esto, todos se retiraron a sus cámaras.

Pero, en mitad del silencio del sueño, como cada madrugada…

…Una sombra furtiva se deslizó a través de los pasillos del palacio, a través de los lujosos salones y los largos corredores, hasta llegar a la alcoba donde reposaba el príncipe dormido. Conteniendo el aliento, lo miró una vez más, como tantas otras noches había hecho a escondidas, sintiendo el corazón golpear fuertemente en el pecho.

Y esta vez reunió fuerzas, y se atrevió a hacerlo: Inclinándose sobre la figura dormida, las mariposas del estómago bailándole el alma, se acercó a los labios del príncipe… Y depositó en ellos un suave beso. Un beso de amor verdadero.

Y suavemente, muy despacio, el Bello Durmiente abrió los ojos y sonrió con dulzura al Príncipe Amadeo, sentado a su lado en el borde de la cama.

Y se miraron a los ojos diciéndose sin palabras lo que siempre habían sabido. Que estaban hechos el uno para el otro, que desde el primer momento en el que el Príncipe Amadeo había visto al Bello Durmiente se había enamorado perdidamente de él, y desde esa primera noche, había salido a escondidas de la habitación de invitados para observar la respiración dormida del Príncipe Álvaro…


Las celebraciones del despertar del Príncipe y del fin del maleficio se unieron con la gran fiesta de bodas que unieron para siempre a Álvaro y a Amadeo. Y la más feliz de todos era la Reina, recuperada del todo de su enfermedad, y que no se cansaba de abrazar a su querida Alegría, que relataba una y otra vez la aventura de su viaje y su búsqueda a todo aquel que quisiera oírla…
Sucedió que por mucho que buscaron a la hechicera en el bosque no fueron capaces de encontrarla, ni tampoco el rastro de la cabaña en mitad de los árboles… La anciana bruja se había marchado. Y una vez más, fueron las hadas las que dijeron a la Princesa Alegría, que finalmente la habían visto partir después de que el lago terminara de deshelarse, una vez deshecho el conjuro que había llevado al Reino aquel invierno temprano.


Y colorín colorado, este durmiente cuento enamorado, se ha acabado…

No hay comentarios:

Publicar un comentario