domingo, 4 de enero de 2009

Cinco de Picas

I.

Las horas pasaban lentas.
El detective miró el reloj. Cogió un cigarrillo y lo prendió mecánicamente, con la colilla del anterior. Abrió la botella de whisky y el líquido al caer le recordó al perro del vecino orinando en la esquina del bar, esa mañana.
Gris. Una mañana gris. Al girar automáticamente para mirar el cielo, la ventana le devolvió el edificio de enfrente y su pared de ladrillos.
- Hijos de puta-, pensó.
Sobre nadie en particular; sobre todos: los constructores de la pared de ladrillo; los no-clientes que lo condenaban a ese lugar; el Creador que se olvidó de pensar cuando tocaba ese pedazo del mundo: aun antes del muro, ya no había nada que mirar. Y del resto del mundo, en general: en ninguna parte había, en realidad, nada que mereciera la pena mirar.
Cogió otro cigarrillo. Buscó con la mirada el encendedor. Sobre la mesa –maldijo por lo bajo ante la perspectiva de tenerse que levantar- , más allá de la mesa; en el mueble bar; en la repisa de la máquina de escribir. Lo distinguió al lado del sombrero, encima de la percha. Junto a la puerta.
Y la vio a ella.


No pensaba entrar.
Desanduvo por enésima vez la calle sucia y sin farolas.
Un gato la miraba sobre la tapia.
- No pienso entrar-, se dijo.
Y entró.
Se lo confirmaron las pisadas de tacón sobre el suelo del pasillo.
- Mierda-, se dijo, de nuevo.
Y el olor a tabaco húmedo y a humedad viciada la hicieron estremecerse un segundo con un morboso placer inesperado.


El gato saltó de la tapia un instante antes.
“Demasiado tarde’, pensó en algún subconsciente lugar el detective, fugazmente. Como el instinto que avisa al animal de un terremoto.


Entró.
Entró con sus tacones y su olor y su mirada altiva. La traicionaba el temblor de los labios, perdidos sin sonrisa.
No esperó su saludo. Se presentó y la mano tendida con el pequeño guante blanco atravesó el humo del tabaco, flotando sobre la mesa.
El contacto abrasó por un instante el aire detenido.
Ella se sentó en la otra silla.

- Tengo un caso para resolver.
Tic, tac.
- Una desaparición.
Tic, tac.
- …un secuestro.
Buscó en su bolso. Le tendió la foto. La mirada traspasó con ella la distancia sobre la mesa.
El detective tomó la foto. Arqueó apenas una ceja y dio otra calada al cigarro. Devolvió la foto a través del humo blanco.
- No es una desaparición.
Es un fraude.

“¿Cómo?”, dijeron sus ojos.
“No existe”, dijeron los de él.
- No hay caso.
Se reclinó en la silla y giró hacia la ventana. Cuando se giró de nuevo para coger el vaso de whisky, ella ya se había marchado.
La pared de ladrillo le devolvió una mirada sarcástica.

*********************

II.

Volvió.
- Ahora sí que no lo entiendo-, dijeron sus labios de veneno de fresa.
“Ayúdame”, dijo algo allá en el fondo, debajo de sus pestañas.
Ese algo lo agarró por sorpresa, le succionó la garganta, prendió un calor en algún lugar largamente humedecido.
Dejó que el humo del tabaco y un trago de whisky surtieran su efecto reparador, antes de contestar a la llamada.
- No tiene sentido buscar. No hay tal sentido.
Le dolió el dolor de ella al ver apagarse un poco más su mirada.
Encendió un cigarrillo. Ella rodeó la mesa con las manos y se lo robó de entre los dedos.
El encendedor se alimentó del oxígeno de un suspiro.
- Me rindo-, dijo el humo al salir de entre el carmín de sus labios.
- Empiezas a entender-, contestaron los cubitos de hielo al levantar él el vaso de whisky.

Oscureció más aún.
El gato regresó a la tapia.
(Debo irme), susurraron los ojos de ella posados sobre el reloj.
Lo miró.

- Me aterras-, dijo ella.
- Me sacas de quicio-, dijo él.

Dejó el whisky sobre la mesa.
(Quédate), dijeron sus ojos.
(Me quedo), dijeron las manos sobre la piel.

* * * * * * * * * * * *

- … no cierres la ventana.
- Pensé que dormías.
- Sí, duermo… déjala abierta.
Se volvió para abrir la ventana de nuevo. Apagó el cigarrillo y regresó a la cama caliente y al olor de ella.
El viento azotaba los árboles.
A la mañana siguiente, la lluvia había empapado las páginas del libro abierto bajo la ventana, sobre la mesa.

* * * * * * * * * * * *

III.

Regresó.
Esta vez, llevaba la sonrisa puesta y una hoguera en la mirada.
- He encontrado algo.
- No me digas-, contestó escéptica una ceja enarcada.
- La he visto. Acepta el caso.
- No existe nada.
- Existe todo.

Necesitó levantarse a por otro vaso de whisky. Pensó vagamente en el perro de la esquina.
- Ya te dije que no había caso.- Se sentó de nuevo, cogió otro cigarro. La miró.
- Nunca dije que te creyera.- dijo ella.
La mirada encendió el aire desafiante. El mechero prendió el cigarro.

Oscureció.
El cenicero desbordado recibió el penúltimo cigarrillo. El gato bajó de la tapia cuando él se levantó a encender la bombilla.
El aire vibraba aún, el humo mezclado con palabras. Ella se alisó la falda y estiró los brazos entumecidos. Encontró su mirada, nueva, agotada, a la luz amarillenta de la bombilla recién prendida.
- Hubiera sido más fácil emplear la energía en la cama.
- Lo sé-, dijo ella.
Volvió a lamerle el cuello con la mirada.
- ¿Aceptas el caso?
No necesitó contestar. No era siquiera una pregunta.
- Me sacas d… -, empezó él.
(Calla), lo detuvo el beso de ella.

* * * * * * * * * * * *

La mañana despertó con sol. Relucían blancas las paredes del dormitorio.
- El sol guiña los ojos.
- O los ojos guiñan el sol.
La piel de ella calentaba tibia bajo las sábanas.

* * * * * * * * * * * *




IV.

Le había servido un whisky. Los cubitos de hielo ronronearon al tocar el carmín de sus labios.
Detuvo la mirada en la foto sobre la mesa. Había motas de polvo sobre la imagen y alrededor.
- ¿De verdad crees que no existe?
La mano de él abandonó el hombro acariciado.
- ¿De verdad aún sigues buscando?
La foto regresó a su bolso.
(Sí), dijeron sus ojos.
Pero él ya no estaba mirando. Buscaba al gato por la ventana, maullando a la luna desde algún lugar sobre la tapia.

* * * * * * * * * * * *

- Enséñame a jugar-, le dijo ella desde la cama. Él movió otra pieza sobre el tablero de ajedrez.
- Esto es un peón. Sólo avanza dos casillas en el primer movimiento. El resto de la partida, camina de una en una.
La mirada de ella detuvo la pieza siguiente sobre el tablero.
El cigarrillo que él había empezado se redujo a cenizas apoyado en el cenicero.
- Me aterras-, dijo él.
- Me sacas de quicio-, dijo ella.
(Abrázame), dijeron, en silencio, todos los labios.

* * * * * * * * * * * *




V.

El gato miraba desde la tapia.
El detective lo espió desde el interior.
(Óyeme), dijo, intensa, su mirada silenciosa.
Él se dio la vuelta.
- He encontrado algo.- dijeron sus labios y sus dedos abrazando el vaso de licor.
- … tengo una pista.
Aquel día, él sí escuchaba.
- … en otro lugar.- terminó ella.
(Busquemos juntos), calló él.
- Acepto el caso-, se oyó decir.
Le contestó su sonrisa mediada.
Movió la cabeza y las pestañas brillaron, tristemente, con ella.
- … En otro lugar.
Él se sirvió un whisky. Olvidó encender un cigarro.
(Demasiado tarde), dijeron los ojos.
El gato, sobre la tapia, entrecerró una mirada que rayó en amarillo la oscuridad de la noche.
- (Pero…)-, calló él.
- Hasta luego-, dijo ella.
- Hasta siempre-, dijo su beso.
(Hasta nunca), dijo su miedo.

Se apagó la sonrisa con ella al cerrar suavemente la puerta.
Giró la silla. El gato sobre la pared de ladrillo le devolvió una mirada sarcástica.
- Hijos de puta-, pensó.
La llama del encendedor al prender el cigarro le recordó la mirada de ella.
En ese momento, en alguna parte, un rayo de ojo guiñó el sol.




a.m.a
Utrecht, Holanda. Junio 2006
A Javi.

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