Y en otro espectro, en otra dimensión; las hijas de hijas de vientres fecundos; con úteros más grandes que el vientre mismo de la Tierra, que crean y amasan otras realidades mayores que ellas mismas.
Cordones umbilicales que se extiendes más lejos que el tiempo mismo, que anudan el universo en un lenguaje que es el de los frutos y las semillas, que es el de la creación de consecuencias suaves y duras, de sensaciones para las que las palabras aún no se inventaron. Para las que no existen palabras que se inventen, porque va más allá de las palabras y de las lenguas mismas.
El lenguaje de la piel de las madres no tiene más interpretación que la de la piel de las hijas. Caer, callar, amasar, formar; sostener construyendo cunas de barro cocidas en el fuego de las cocinas, de las habitaciones, de las camas con sábanas tejidas en el seno de abuelas con manos de seda y de hermanas con brazos de hierro, de forja, de la piedra más dura que se vuelve arena en el regazo de una mirada.
Caderas que se vuelven nidos, pechos transformados en plumas, manos que se tornan el más invencible acero y que acarician, un instante más tarde, con el poder sanador del más profundo de los besos.
Saberes que no están escritos. Gestos que no se explican. Amores que no tienen que ver ni con la cercanía, ni con la distancia, ni con el conocimiento explícito del recibimiento al otro lado.
Hijas de hijas de vientres fecundos. Arena y piedra.
miércoles, 7 de enero de 2009
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