miércoles, 7 de enero de 2009

El secreto de Wendy

Cuando Peter Pan saltó por última vez desde la ventana iluminada con el calor de Wendy, no tenía ni la más mínima idea de lo que se estaba perdiendo.

Con ojos de niño creemos que fue ella, ella la cobarde, ella la que no se atrevió a seguir al niño eterno, ella la que se condenó a la vida terrenal y mundana, a parir hijos para el mundo desagradecido; que lo único que le tenía reservado era la muerte. Tan lejano ese destino de las aventuras de los niños perdidos; tan pobre al lado de los amores castos con las colas de las sirenas y las peleas sin muerte en la cubierta betuneada de un barco de piratas.
Pero nos equivocábamos de niños cuando creíamos que la vida se fugaba tras la estela brillante de Peter Pan y su Campanilla eterna.

Wendy eligió crecer, y en ello estaba la mayor trampa y al mismo tiempo la mayor valentía. Y el mayor regalo.
Porque, sólo Wendy conoció el amor.

A veces tengo que recordármelo. Y entonces, cuando reflexiono y escribo, cuando vuelvo a escribirlo, recuerdo que no es la primera vez; y de nuevo me maravillo ante la clarividencia de la fábula, que esconde una verdad tan pura y tan simple… y que a veces es tan difícil de aprehender. Así, aprehender, con hache intercalada.

Peter Pan llega en el momento justo: Wendy no quiere crecer. No entiende el mundo adulto, no comprende qué clase de ventajas maravillosas pueden ocultarse tras las obligaciones, las responsabilidades, los compromisos. Y Peter le tiende la mano más allá de la ventana: Ven conmigo, allá donde voy, no hay responsabilidades, no hay compromisos; no hay adultez.
Y es maravilloso seguirlos a través de sus aventuras que ahora entiendo como una adolescencia a la que Wendy nunca se había asomado (quizás ella fue la primera adolescente de la época victoriana); y a través de ella, comenzó a filtrarse el hilito por el cual la adultez nos acaba atrapando.

La adultez, está claro, debe contar con algún aliado poderoso para convencer a los mortales de que nos acerquemos un poco más al filo de la vida. Y lo tiene, ya lo creo que lo tiene. Y es en esa aventura adolescente que nos enseña apenas la puntita, el comienzo del cabo del que poco a poco vamos tirando… Hasta que sin darnos cuenta nos tiene tan enredados, que es imposible salir de ello sin romperlo todo.
Peter Pan lo huele, se enreda mínimamente, y decide saltar de la ventana de nuevo y romperlo, para no acabar de caer en sus garras.
Wendy, sin embargo, ha comprendido más. Y se queda con su puntita del cabo, y decide seguir deshilando, porque comprende que ha vislumbrado aquello con lo que la adultez nos va endulzando el camino hacia la muerte.

Sólo los adultos pueden encarnar el amor.

Julio 08
a.m.a.

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