
Siempre quiso escribir. Desde que era pequeña.
Los mundos se le aparecían en sueños, y ella los volcaba sobre hojas de papel a la mañana siguiente, antes de ir al colegio.
Y los mundos apenas esbozados la perseguían el resto del día. Volaban en las hojas de papel, cabalgando silenciosos en el viento. La seguían como mariposas de alas blancas, en el patio del recreo. Las veía girar, como jugando, detrás de los cristales de la ventana. Iban volando tras los coches por la carretera. Navegaban con ella, en forma de barquitos de papel, en el agua de la bañera. La acompañaban, volando tras ella, adondequiera que fuese.
La niña creció, y los mundos crecieron con ella.
Ahora las hojas ocupaban cuadernos enteros. Y las noches se llenaban de historias que poblaban uno a uno, todos sus mundos.
Una mañana, la niña no quiso que los mundos la siguieran adonde iba. Y cerró la puerta de la habitación tras ella. Las hojas quedaron lacias, sobre el suelo; y poco a poco se retiraron a la oscuridad, junto al polvo acumulado debajo de la cama.
Las hojas de papel olvidaron cómo se volaba. Los mundos, uno a uno, se fueron quedando dormidos.
Y entonces, fueron ellos los que soñaron, cada noche, con la niña que despertaba y los volcaba sobre hojas de papel blancas.
Una noche, la que ya no era una niña volvió a dormir en su cama.
Y soñó con los mundos que la soñaban mientras dormía.
Y rescató de entre el polvo los cuadernos de las hojas blancas.
Sopló con cuidado cada mundo. Repasó con tinta cada historia.
Y se dio cuenta de que habían seguido creciendo entre las sombras de los sueños dormidos.
Y ya no quiso que la dejaran.
La mujer bailó con las mariposas, y voló con ellas el viento, y navegó en los barcos de papel en el agua de muchas bañeras.
La mujer empujó los mundos con la voz de las palabras; y los hizo crecer y volar en los sueños que otras personas soñaban.
Y cuando la mujer fue una anciana, aún los mundos de la infancia seguían apareciéndose en los sueños. Y cuando ya fue demasiado vieja para llevarlos de la mano, las hojas volvieron a seguirla volando de cerca. Y la seguían por las calles y por las casas, asomándose a las ventanas y bailando en el viento, como una estela de novia hecha de mariposas.
Una mañana la anciana miró por la ventana. Y vio a todos sus mundos allí, esperándola. Y salió descalza a la hierba y al mundo; y todas las hojas, de la primera a la última, la envolvieron con cuidado, y se la llevaron en volandas, a pasear por ellos.
marzo de 2009
Sevilla
A mí.
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